Un Arma En Casa – Nadine Gordimer

Ha sucedido algo terrible. Están mirándolo en la pantalla, después de cenar, con las tazas de café a su lado. Es Bosnia, o Somalia, o el terremoto que, como si fuera un perro, ha sacudido entre sus dientes apocalípticos una isla japonesa; uno cualquiera de los desastres de aquel momento. Cuando zumba el interfono, se miran el uno al otro con cordial reticencia; vas tú, te toca a ti. Forma parte del compromiso para vivir juntos. Hace poco que han tomado la decisión de dejar la casa y trasladarse a este conjunto residencial rodeado de cuidados jardines comunes, con la entrada vigilada por monitores de seguridad, y todavía no están acostumbrados o, para ser más precisos, tienden a olvidar momentáneamente que no es el ladrido de Robbie y el anticuado tintineo de la campanilla de la puerta principal lo que ahora los reclama. No se permiten animales de compañía en la urbanización pero, por suerte, el suyo ha podido ir a vivir con su hijo, que tiene una casita con jardín. Él, ella; un atisbo de sonrisa, él se levantó con languidez dedicada a ella y fue a coger el auricular más cercano. Quién es, le oyó decir a medias mientras escuchaba a medias el comentario que acompañaba a las imágenes. Quién es. Podía ser alguien que deseara convertirlos a alguna secta religiosa, o la notificación oficial de una multa de aparcamiento, lo hacían trabajadores ocasionales, fuera de horas de trabajo.

Él dijo algo más que ella no entendió, pero oyó el ronroneo del botón para abrir la puerta. ¿Sabes quién puede ser un tal Julián Nosequé? ¿Un amigo de Duncan?, dijo él entonces. Él, ella: no lo sabían, ninguno de los dos. Nada raro, Duncan, de veintisiete años, tenía su propio círculo de amigos, igual que sus padres tenían el suyo, y la intersección entre ambos se producía en raras ocasiones, cuando sus intereses, que sus padres habían inculcado en él cuando era niño, coincidían.

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